viernes, 3 de septiembre de 2010

Grandes Películas de la Historia: El Hombre que Mató a Liberty Valance

Título: El Hombre que Mató a Liberty Valance
Título Original: The Man who shot Liberty Valance
Director: John Ford
Guión: James Warner Bellah & Willis Goldbeck
Música: Cyril J. Mockridge
Fotografía: William H. Clothier
Reparto: John Wayne, James Stewart, Lee Marvin, Vera Miles, Edmond O'Brien, Woody Strode, Andy Devine, Lee van Cleef, Jeanette Nolan
Año: 1962 Duración: 120 mins B/N
SINOPSIS: Un senador anciano relata la historia de su llegada al Oeste, donde cuenta lo que realmente sucedió en la leyenda. Al llegar, es atacado por el bandido más temido, Liberty Valance...








Antes de empezar, quisiera hacer varios apuntes. Empiezan las fiestas de Valladolid, así que, entre fiesta y resaca tardaré varios días en publicar algo. Eso sí, rondaré por los comentarios. El Hombre que Mató a Liberty Valance es, mi quinta peli favorita, sí. Como ya dije en el primer post de esta sección que abrí con la crítica de El Padrino, esta es la última película que va en orden según mis gustos. A partir de la sexta entrega de Las Grandes Películas de la Historia, el número que viene al lado del título pasa a ser irrelevante, simplemente se trata de otra obra maestra que merece estar en esta sección. Y, por último y no menos importante, si no has visto la película, te recomiendo fervientemente que no leas ni el antepenúltimo ni el penúltimo párrafo, porque en uno destripo la escena de escenas y en el otro cuento el final de la peli. Y, cuando la veáis (ya estáis tardando, pazguatos) comprenderéis por qué lo escrito. Basta de rollos y vamos al lío.

¡QUÉ GRANDE ES EL CINE!

El Hombre que Mató a Liberty Valance es la obra maestra absoluta de ese genio irlandés llamado John Ford.

En plena madurez creativa, Ford se encarga de dar carpetazo al western clásico de una manera asombrosa, género que él mismo se encargó de encumbrar en un buen puñado de obras. Para ello, realiza numerosos cambios sustituyendo los paradigmas del western, por otros más modernos. Monument Valley no tiene cabida en esta cinta. Los espacios abiertos se terminaron, todo se desarrolla en sombríos interiores, entre bambalinas, sin esas largas persecuciones a caballo. No hay indios, no hay séptimo de caballería, apenas hay alguna diligencia. Ford demuestra que también es un genio sin un director de fotografía a color de sus enormes desiertos, se mueve como pez en el agua en esos planos oscuros. Es el cambio, es la evolución. Ford mira con nostalgia desde la perspectiva de Ramson Stoddard un tiempo pasado, mítico, pero que toca a su fin.

Los temas principales que se encuentran en este film son muy variados, todos ellos ligados a la época de transición que estaba viviendo el far-west. La llegada del ferrocarril, deja a un lado las diligencias y los caballos de los vaqueros. El eterno conflicto entre granjeros y agricultores por las tierras. Normalmente, en cualquier película de Ford, este dilema se hubiera resuelto a tiro limpio, en una batalla campal entre ambos bandos que se hubiera saldado con un montón de muertos y de sangre en el desierto. En esta ocasión no se trata de eso, no, Ford lo resuelve con una reunión en la que cada uno expone sus ideas pacíficamente, dialogando. Es el principio de la democracia.


¡La escena del bistec! ¡Ole!


Esa misma democracia la vuelve a exponer en la escena de los mítines para llegar a Senadores, que resulta muy esclarecedora. Ya por aquél entonces, tanto periodistas como abogados y jueces tenían el toro cogido por los cuernos, cortaban el bacalao en la política. Además, Ford hace una sutil crítica a toda esa parafernalia tan yanqui y tan republicana que envuelve a las elecciones, mostrándonos la llegada de uno de los aspirantes al estrado, presentada por un tipo montado a caballo y disparando.

Pero lo que más destaca, es el enfrentamiento entre el hombre del Este y el hombre del Oeste. El hombre del Este es alguien culto, letrado, muy educado y de buenas maneras. Viste bien, es amable, todo intenta resolverlo a través del diálogo, en definitiva, es un idealista. El vaquero del Oeste es todo lo contrario. Son analfabetos, rudos, sucios y salvajes. Todas sus disputas se zanjan con las pistolas, no han oído en su vida palabras como civismo. Pero sí un sentido de la justicia y del honor tan grandes como los de los hombres ricos del Este.

Pero no sólo es eso. El Hombre que Mató a Liberty Valance es una historia sobre la justicia. Es el fin de los forajidos, de esos pistoleros que se toman la justicia por su mano. Es tiempo de progreso, de ideales, de acabar con la tiranía de los poderosos a través de las palabras.
Y, por supuesto, es una historia de amor. Amor imposible entre un hombre y una mujer, representados en una casa quemada y en una flor de cactus sobre un viejo ataúd. Aquí, la poesía de Ford alcanza una de sus mayores cotas, capaz de representar algo tan grande como el amor con tan sólo un par de guiños. Y amor por el western. Una mirada nostálgica, aunque sin ganas de volver a ese pasado oscuro, representada por ese abogado canoso.


¡Quietoooorl!

Llegando al plano interpretativo, el film cuenta con uno de los mejores repartos de la historia. Empezando por tres actores secundarios clave, como son el eterno Woody Strode, el habitual de Ford Andy Devine y el casi inexpresivo Lee Van Cleef. Edmond O'Brien como ese periodista borracho, obsesionado con encumbrar las historias que suceden en el pueblo. Sabio e inteligente cuando está sobrio, resulta ser un personaje muy entrañable. Espectacular Vera Miles como la mujer del Oeste. Una chica enamorada del hombre rudo del pueblo Tom Doniphon, pero que descubre con la llegada del abogado Ramson Stoddard que hay algo más que duro trabajo fregando platos, hay libros y hay leyes. Se debatirá entre ambos hombres, buscando en ellos la seguridad de la rudeza o la seguridad de la palabra.

Y llegamos al trío de ases. Empezando por un inconmensurable Lee Marvin, nuestro Liberty Valance, uno de los forajidos más legendarios de la historia del Oeste. Sus apariciones son escasas, pero son suficientes. En ellas muestra su grandeza, su dureza, el terror que a su paso inflige sobre los habitantes del pueblo. Sus actos están llenos de violencia. Pero, incluso da más miedo cuando no aparece en pantalla. Es la sombra que pulula sobre las almas de los lugareños, es la representación del mal. Es el ogro, el hombre del saco que hay que combatir cómo sea pero que nadie se atreve a hacerlo. Sin duda, con esta actuación, Lee Marvin se ganó un lugar privilegiado en el Olimpo de los Dioses de Hollywood.

La actuación de James Stewart es sencillamente sublime. Él es Ramson Stoddard, el hombre aventurero llegado del Este. Representa todo ese progreso que ya hemos mencionado, pero encontrándose en un sitio que no es el suyo. En una realidad que no comprende y que intentará cambiarla con sus propios métodos. Pero, sucumbe ante la imposibilidad de utilizar su inteligencia, viéndose obligado a encarar la injusticia en la única forma que conocían los hombres del Oeste, revólver en mano. Stewart ya era una estrella, pero volvió a demostrar por qué es una de ellas.


¡El puto Edmond O'Brien, joder!


Y, resulta que en esta película sale John Wayne. Con eso estaría dicho todo, salvo en este caso. El Duke realiza la mejor interpretación de su carrera y eso es decir mucho. Un personaje lleno de matices, con esa clase, esa dureza, ese porte y esa elegancia exquisitas, ese eterno vaquero que representa la leyenda del western. Pero hay más que eso. Es Tom Doniphon, un hombre que simplemente actúa por ganarse el amor de una mujer. Un tipo sensible, que duda, se desespera y mata por amor. Wayne es capaz de aunar todo lo bueno del amor de un hombre que profesa hacia una mujer y lo mejor de su indudable dureza y chulería. Tom Doniphon es un personaje sencillamente inolvidable, tan legendario como el propio western y es que John Wayne era el Dios de este género.

Todo lo anteriormente citado resulta muy bonito. Maravilloso diría yo. Pero, no podía terminar de cerrar ésta crítica sin antes tener que contar un par de cosas esenciales en la trama, más que nada por devoción a la propia película.

La escena del bistec. Una de las más grandes escenas jamás rodadas en la historia del cine. No sólo por lo que representa. Dos hombres son capaces de matarse por un mísero bistec que acabará en la basura. Porque Liberty Valance le pone la zancadilla a Ramson Stoddard que portaba el ya mítico bistec de Tom Doniphon. Sus miradas de odio, llenas de dureza, que se lanzan rayos amenazadores, ese porte con el que ambos no pierden los nervios, simplemente se miran fijamente el uno al otro. Pero hay más. La patada. La soberana patada. La patada de todos los tiempos. John Wayne, en un alarde de dureza impresionante, le propina un soberbio patadón en toda la cara a uno de los secuaces de Valance. Pero lo mejor es la forma. Sigue en el mismo sitio, no se ensaña, le importa un carajo ese mequetrefe al que ha golpeado. Sencillamente le mira bajando la vista para saber donde está y le da con toda la puntera. Y después se centra en Valance, su verdadero enemigo, el que le importa. Y le espeta: "Te he dicho a ti, Valance. Recógelo!!!" No se puede tener más arte en la historia!!!!!


Recuerda, recuerda...


Y el final. Un final ciertamente complejo y contradictorio. Stoddard es el hombre que ha pasado a formar parte de la leyenda. Todo el mundo cree que fue El Hombre que Mató a Liberty Valance. Se lleva toda la gloria, el futuro y a la chica. En cambio, Tom Doniphon sí fue El Hombre que Mató a Liberty Valance (de ahí la importancia del título) Pero se queda sin gloria, sin futuro y, lo más importante de todo, sin la chica. Toda esa belleza que hay intrínseca en ese final, esa intención de Ford tan majestuosa no es suficiente para que no me deje llevar por el entusiasmo y el ser superficial. Lo soy y a mucha honra. A pesar de todo eso que implica. Su grandeza no es esa. Sabiendo que queda media hora y de pronto Stoddard dispara a Liberty Valance, uno no da crédito. No se puede creer lo que está viendo. Con todos mis respetos para James Stewart (al que acabo de idolatrar) no es posible que un mísero lavaplatos se cargue al más bastardo de todos. Es inverosímil. Cuando, a diez minutos del final, cuando Tom Doniphon le dice, le dice señores entre el humo de un cigarrillo a Stoddard eso de recuerda, recuerda, vemos un oscuro flash-back en donde John Wayne desde un lateral se carga a Valance, a Lee Marvin. En ese momento, uno se levanta del asiento y grita: "John Ford no nos ha fallado!!" Y es que, aunque en el film la gloria se la lleve James Stewart, en nuestro corazón se la lleva el glorioso John Wayne.

Para concluir, decir que la grandeza de John Ford reside en que ha sido capaz de mitificar a un género, el western, y llevarlo a las más altas cumbres cinematográficas, pero a su vez, lo desmitificó, lo echó todo por tierra de una forma brillante. John Ford imprimió la leyenda del western. Cuando uno termina de ver El Hombre que Mató a Liberty Valance, sólo le queda gritar a los cuatro vientos: qué grande es el cine!!!!!


Media en IMDB: 8,1 (22.622 votos)
Media en Filmaffinity: 8,4 (13.928 votos)
Media en Cinetrivia: 8,48 (23 votos)

martes, 31 de agosto de 2010

En Cartel: Los Mercenarios (VI)

Título: Los Mercenarios
Título Original: The Expendables
Director: Sylvester Stallone
Guión: Sylvester Stallone & Dave Callahan
Música: Brian Tyler
Fotografía: Ken Blackwell
Reparto: Sylvester Stallone, Jason Statham, Jet Li, Terry Crews, Dolph Lundgren, Mickey Rourke, Randy Couture, Lauren Jones, Steve Austin, Eric Roberts, Arnold Scwarzenegger, Bruce Willis
Año: 2010 Duración: 100 mins Color
SINOPSIS: Una misión secreta perpetrada por la CIA, manda a un grupo de comando de élite para tomar la pequeña isla de Vilena, en Latinoamérica. Su misión es la de acabar con el dictador del país que aterroriza a la población







Casi seis meses después vuelve la sección En Cartel y antes de empezar, quisiera decir que, aunque ha merecido la pena pagar el dinero para ver esta película, me parece una sobrada impresionante que el cine me haya costado 6,80. Luego vienen los lloros por la piratería, el menor número de espectadores y el cierre de las salas. Si ofreces productos de una calidad bastante inferior a la de ese mismo producto hace diez años, que no pongan algunos el grito en el cielo si encima multiplican su precio. Nada más, es que duele mucho pagar ese pastizal para ver una película.

TIROS, EXPLOSIONES, HOSTIAS Y SOBRADAS

Los Mercenarios es el esperadísimo proyecto de Sylvester Stallone, que iba a reunir a las viejas glorias del cine de acción de los años '80 junto a los actuales reyes del mamporro.

La película da lo que ofrece y cumple las expectativas a la perfección. El título que resume mi crítica es lo que cualquier espectador se va a encontrar en este film. Tiros a mansalva, con mención especial a las armas secretas de Terry Crews, una gozada de esas que nos hacen aplaudir. Explosiones dos mil: vuelan edificios, helicópteros, de todo. Hostias, como no, para lucimiento de Jason Statham y esa gran pelea entre Jet Li y Dolph Lundgren. Y, como no, sobradas. Vaciladas del siglo, fantasmadas varias aunque no demasiadas (y eso es algo positivo), vamos testosterona pura. Cine para machos, de tipos duros, donde cualquier espectador sin prejuicios va a disfrutar de lo lindo.

A nadie se les escapa algo tan evidente como que, si se hubiera hecho este film hace quince años, si ya es una buena cinta de acción para pasar un rato muy bueno, sería impresionante. Además, todos en el reparto echamos de menos a viejas glorias del cine de acción como Jean Claude Van-Damme, Steven Seagal o Chuck Norris que, partiendo de la premisa de que sus pelis son malas hasta decir basta, es todo un lujo reunirles en un mismo film. El cameo de Bruce Willis y Arnold Scwarzenegger es impagable, una escena que ves con una sonrisa de oreja a oreja. A lo que hay que añadir que los dos comparten escena con la estrella de la película, Stallone, todo un lujazo. Una pena que, aunque es evidente que ambos actores no están para muchos trotes- al igual que el propio Stallone- si que podían haber tenido más minutos y realizar un papel secundario como lo ha hecho el gran Mickey Rourke, un macarra que se liga a pibones del siglo, lanzador de cuchillos y hasta se marca un monólogo profundo. Ya si se ese trío se uniera al grupo de mercenarios y se pusieran a pegar tiros a diestro y siniestro para deleite del respetable, estaríamos hablando de la cinta de acción del siglo.

¿El argumento? ¿Y a quién demonios le importa el argumento para ver esto? Va de lo de siempre, de cargarse a los malos malosos en una lluvia de balas. Cierto es que hemos criticado lo risible de muchos argumentos de pelis de este tipo. Pero entre las malas actuaciones de algunos, lo mal rodadas que están, efectos cutrísimos y fantasmadas elevadas a la máxima potencia, así de penosos eran esos films. Pero estamos ante un producto de calidad, porque se trata de una gamberrada autoparódica. Es desternillante de principio a fin, la película está hecha para reavivar la nostalgia de esas pelis de los '80 con mucha mala leche y buen humor. Un divertimento puro y duro.

Stallone tras la cámara, resuelve la película con eficacia. Sabemos que no es un cineasta de autor (casi toda la saga de Rocky le contempla como realizador) pero cumple el papel, aunque con algún que otro exceso. Además, unos buenos efectos sin abusar de la digitalización de éstos.

Simplemente, Los Mercenarios es un homenaje al viejo cine de acción, a todas esas estrellas que han sido estandartes del género más viril. Una gozada, unas risas, diversión garantizada. Preparar un buen tanque de palomitas y a disfrutar.

Media en IMDB: 7,4 (25.812 votos)
Media en Filmaffinity: 6,3 (3.437 votos)
Media en Cinetrivia: 8 (mi triste y mísero voto)

martes, 24 de agosto de 2010

Conciertazo de Edguy y Maiden en Valencia


Los dioses del metal, Iron Maiden, cerraban su gira mundial, The Final Frontier, en Valencia, congregando a 26.00 fans en Marina Sur, al lado del puerto de Valencia, la zona más jodidamente pija de la ciudad levantina.

Tras siete largas horas de viaje, llegamos a Valencia y fue un infierno. La humedad que hace en esa ciudad es insoportable. Tres de la tarde, un lorenzo impresionante y humedad al 100%. El sudor era tal que me costó quitarme la camiseta durante el concierto. Los metaleros estábamos como en una lata de sardinas en esa explanada y, si además, ponen la torre de luces a dos pasos del escenario, mal vamos. El sonido no fue tan malo como dicen algunas crónicas al menos de mitad para adelante. Pero lo de la visibilidad era otra cosa. Un escenario muy bajito, con unas pantallas muy pequeñas y a la misma altura. Deberían haber puesto un escenario mucho más alto para poder verlo mejor desde cualquier posición. A veces te tenías que poner de puntillas para verles. Al margen del agobiante calor, los precios por las nubes como suele ser habitual en este tipo de eventos (aunque no descarto que los precios no sean tan caros en los bares de alrededor en días normales), los buenos katxis y las coñas entre los colegas que nos juntamos para ver a los Maiden, ambos conjuntos dieron un gran espectáculo.

Empezando por los germanos Edguy, que ofrecieron un show tan intenso como corto. Hace varios años ya que he perdido la pista a este grupo, antes me gustaban mucho y ahora les he dejado un poco de lado. Pero han demostrado que siguen siendo buenos. Su frontman, Tobias Sammet, es cierto que baja un poco en cuanto a agudos respecto a los discos, pero se mantiene en forma y sigue cantando muy bien. Comenzaron media hora antes de tiempo, a las ocho, lo cual fue de agradecer y no llegaron ni a cuarenta minutos de concierto. Demasiado corto, esperaba al menos una hora de unos teloneros de categoría y con nombre, ya que llevan quince años dando cera. Poco a poco fueron cayendo Tears of a Mandrake, Superheroes, Lavatory Love Machine, King of Fools entre otros, aunque yo eché de menos temas como Mysteria, Vain Glory Opera o mi favorito, Nailed to the Wheel.


The Reincarnation of Benjamin Breeg


A eso de las nueve y veinte salieron Maiden a escena. He de decir que es un auténtico lujazo esperar menos de una hora entre concierto y concierto, cuando suele ser habitual una tardanza mayor. Todo fue antes de lo esperado, mucho mejor para irse antes a casa y abandonar ese claor asfixiante. Casi dos horas de show, aunque si por todos los allí presentes fuera, si hubieran durado dos más, a nadie le hubiera importado.

Antes de relatar lo que dio de sí el concierto, tengo que entrar en la polémica del set-list. Entiendo perfectamente la posición de Iron Maiden. Un grupo que está cansado de tocar siempre las mismas canciones, que no quieren vivir del pasado, sino del presente. Siguen sacando discos, siguen sacando muy buenas canciones y están en su derecho de explotarlas en los directos. Además, para eso hicieron hace dos años la gira del Somewhere Back in Time, donde desgranaron sus temas clásicos desde 1980 hasta 1988. Y, sinceramente lo hicieron, para contentar a todos los fans ávidos de sus himnos y poder tocar las canciones más actuales, que es lo que realmente quieren. Pero yo digo una cosa: si cuando compré mi entrada allá por el mes de Abril, supiera el set-list, no me hubiera gastado semejante pastizal y mucho menos me hubiera dado esa paliza de viaje. No es una crítica a Maiden, y ni mucho menos me arrepiento de haber ido, porque ha sido un concierto inolvidable. Pero ese adjetivo inolvidable, con menos canciones de los últimos diez años y más clásicos, se hubiera convertido en apoteósico. La verdad, no me sabía la letra de muchas de las canciones y no podía berrearlas como me hubiese gustado y eso no mola tanto cuando vas de concierto. Pero bueno, me tocó este concierto, he tenido la gran suerte de ver a Iron Maiden y me lo he pasado como un enano.

Al grano. Tras sonar el Doctor Doctor de UFO como suele ser habitual antes de abrir sus conciertos, unas imágenes raras en las pantallas anunciaban la presencia de los Irons, para descargar la que es su mejor canción de la última década, The Wicker Man. Éxtasis total en el público. Avalancha. Esta vez no estaba tan adelante y no me aplastó, se abrió ante mí una gran autopista para avanzar aún más y estar más cerca de mis ídolos. Los saltos del respetable fueron increíbles y todos la cantamos con mucha pasión. Acto seguido, siguieron con su repaso del Brave New World con el que es el segundo tema, Ghost of the Navigator. Otro buen tema del que es para mí, el mejor disco desde el regreso de Dickinson. Después cayó un clásico que nos sorprendió a todos porque nadie lo esperaba, el Wrathchild. Un tema muy celebrado por todos, sobretodo por mí, porque era un clasicote. A continuación, la única canción que tocaron de su nuevo disco, The Final Frontier, el single El Dorado.


Con el calor que hizo no sé cómo no te quitaste el gorrito, Bruce


Durante todo el concierto, cambiaban el fondo del escenario con portadas del disco o del single, que anunciaban una nueva canción. Muy logrados los efectos de luz y el sonido algo flojo (como el de Edguy) notándose especialmente en el micro de Bruce, porque no es normal que casi no se le oiga y, al segundo, se le vuelva a escuchar con toda la potencia. Todo el grupo correteaba de un lado a otro, con sus clásicas poses. Janick Gers, Dave Murray, Adrian Smith, Nicko Mcbrain y Stev Harris lo dieron todo, pero tengo que resaltar la voz de Bruce Dickinson. Es increíble que, a sus 52 añazos no sólo siga teniendo ese chorro de voz y cante como los ángeles. Está en plena forma. No paró de subirse encima de la batería de Nicko, se fue de un lado para otro, animando al público. Grandioso Bruce Dickinson.

Así, fueron cayendo los temas. The Reincarnation of Benjamin Breeg, Dance of Death, These Colours Don't Run o Wildest Dreams. Momento especial y emotivo fue cuando Bruce se dirigió al público y dedicó Blood Brothers, un título más que acertado, al difunto y grandioso Ronnie James Dio. La ovación fue especial y el público coreó el estribillo emocionado, pensando en la memoria de uno de los más grandes vocalistas de la historia del heavy metal. Antes de los clásicos, otros dos temas que me gustan mucho, No More Lies y Brave New World.

Ya terminando el concierto, por fin vino lo bueno. Todo se apagó para que diera comienzo Fear of the Dark, con el que todos nos emocionamos. Temazo donde los haya y, cuando lo ves en directo, se te ponen los pelos de punta. Incluso Bruce se subió por el andamio del escenario a hacer el cafre. Siguió otro himno de la banda, el Iron Maiden, saliendo así Eddie a escena. Luchó como siempre con los guitarristas, especialmente con Murray. Momento divertido, alargado para dar la bienvenida a los primerizos en asistir a un concierto suyo- entre los que me incluyo- y gran canción para finiquitar.


Harris y Murray ¡Vaya dueto!


Faltaban los bises y, con todo apagado, sonó esa mítica voz oscura con ese "Wo to you on earth and sea..." lo que significaba que era el emblemático The Number of the Beast. Seguidamente,vino el mejor tema del set-list y uno de los más grandes de la banda, Hallowed be thy Name. Y no me lo esperaba. Vale que soy un desinformado y no me he molestado en buscar el set antes de ir, pero así mantenía la sorpresa. Es increíble escuchar ese tema en directo, con la voz solemne de Bruce, arriba, con esa mítica intro lenta y con el glorioso final. Cerraron con Running Free de su primer disco, alargando la canción para presentar a la banda y agradecer la presencia del público.

Casi dos horazas de concierto repasando temas de sus últimos tres discos. Maiden han prometido volver a España el año que viene, donde supongo que explotarán más su nuevo disco. Aunque esté descontento con el set-list, lo cierto es que los británicos son la excepción. Lejos de los grandes dinosaurios del rock que sacan discos para sacar pasta y luego tocar sólo canciones de hace más de 25 años, Iron Maiden siguen pariendo buenos temas aptos para el directo. Uno quiere lo que más conoce y ama, pero la calidad de este grupo es acojonante, honestos con el público y consigo mismos. Este concierto demuestra que les queda cuerda para rato. Que así sea y nosotros lo veamos. ¡Up the Irons!

martes, 17 de agosto de 2010

Cultura videojueguística

El mejor juego de la historia


Desde los primeros arcade en las máquinas de los salones recreativos allá por la década de los '70 hasta la actualidad llevan los videojuegos en nuestra vida cotidiana. Una industria, la del videojuego que no para de crecer y crecer, de crear multitud de consolas, de juegos, de maneras de jugar para entretenerse. Hasta tú puedes ser el protagonista del juego sin tener que dar a un botoncito. Pero, a pesar de llevar tanto tiempo entre nosotros y haber jugado y visto jugar a mis amigos, tengo que reconocer una cosa de la que no estoy demasiado orgulloso: soy un perfecto analfabeto en el tema de los videojuegos.

Cuando me reúno con los colegas para echar una partidita a la play, lo primero que todos advierten es que soy un paquete. Mi destreza a la hora de manejar un juego es prácticamente escasa. La respuesta a ello es sencilla: mientras mi generación ha crecido en el siglo XXI (vale, eran los '90, pero me entendéis) yo crecí casi en el siglo anterior. Mis relaciones con los videojuegos se limitaban a esas míticas partidas en la sala Tetris, con los grandiosos Tekken Tag y el Virtua Striker 2. Y, cómo no, en la aún existente Joker con el juego del siglo, el Heavy Samash, esa especie de balonmano violento. Mientras, todos disfrutaban de la Megadrive, de la Nintendo 64, la Gameboy o la primera versión de la Play. Y yo me quedé atrás, claro.

Eso se pudo haber remediado en el 2001, cuando por fin tenía ordenador en casa. Mi alegría fue tal, que lo abracé, literal. Era una chatarra desde el primer día pero ya podía jugar. Fifa, Sega Rally 2, el Neo Geo, Age of Empires o el Commandos fueron mis principales vicios. Nada de juegos complicados de pasarse mil misiones (el Commandos con trucos, claro) ni ser un poderoso guerrero con chorrocientas armas que vete tú a saber para qué sirven. Nada de juegos legendarios que todo el mundo se sabía el dedillo. Las conversaciones entre amigos que no paraban de hablar de tal videojuego, de lo que hay que hacer en una misión o comparando juegos de sagas me las he pasado y pasaré callado porque no tenía ni idea de lo que estaban hablando. Lo confieso, aunque alguno me llamé hereje: No he jugado al Final Fantasy, apenas he tocado a Mario o el GTA, ni al Zelda, ni al Diablo, ni al World of Warcraft, Los Sims, God of War, Resident Evil o Silent Hill. Y son unos cuántos y son famosos de narices.


Es que ni viendo la peli me emociona


Pues bien, todo se debe a que nunca he tenido consola. Bien es cierto que hay versiones de estos y de muchos juegos más para ordenador pero, mi poco interés o mi desgana, los rechazan. Será porque me irrita atascarme en un punto del juego. Y no es que no me gusten los videojuegos, al contrario, molan mucho y poder manejarles como un experto tiene que ser la hostia. Pero no es lo mío. Ahora mismo, tengo la PSP, pero está en casa de un amigo y no he ido a por ella. Y no me urge, pero tengo ganas de recuperarla. Pero para jugar a lo de siempre: al Fifa y al Padrino, que para eso es un peliculón. Para poco más, de momento. Quizá cuando me aburra de esos juegos me entre el gusanillo y empiece a explorar esos mundos de fantasía que poseen. Soy demasiado clásico y convencional, qué se le va a hacer.

Muchos pensarán que jugar a los videojuegos no vale para nada y que es mejor leer un libro, escuchar música y ver una peli. Desde luego a mí me gustan más estas tres cosas, pero no estaría nada mal ser algo más docto en este mundillo. Porque el saber no ocupa lugar y, aunque los videojuegos estén demonizados por la sociedad que no ha crecido con ellos, saber de videojuegos también es cultura. Si nos atenemos al término cultura que sólo versa sobre los conocimientos acerca de algo, existe la cultura del videojuego. Ahí están, casi cuarenta años de vida, un montón de formatos, de tipos, para todas las edades. En el videojuego hay un universo virtual y otro real, el del conocimiento de este entretenimiento y en el esfuerzo por ser más diestro en el manejo del joystick.

Como todo, tienen sus cosa malas. Su abuso es malo para la vista, provoca sedentarismo en los más pequeños (y en los jóvenes) que luego tienen problemas de sobrepeso. Pues como la tele, cinco o seis horas sillón-ball son tan perjudiciales como los videojuegos durante tanto tiempo. Luego está el tema de convertirte en un frikazo que no sale de casa por jugar a los videojuegos. Eso sí que es malo, no hacer vida social por culpa de una maquinita. Hay casos, son reales y algunos asustan. Porque una cosa es que te llamen friki por jugar o por leer cómics (una chorrada, todo el mundo sabe que dentro tenemos un nazi, una maruja y un friki) y otra muy distinta es estar completamente obsesionado con ello y no salir casi de tu casa.


Yoshimitsu es Dios


Pero soy de los que opinan que los videojuegos son buenos. No me creo la patraña de que perturban la mente los juegos violentos. Es más, si no existieran esos juegos de "matar" no nos podríamos desfogar y nos cargaríamos a más de uno. Como siempre digo, en su justa medida (la mía es escasa) son buenos. Ayudan a descargar adrenalina y tensión. Ayudan a desarrollar la mente y esto no es ironía. Piensas diferentes maneras de cómo salir de una situación complicada. Qué hacer o no hacer ante una dificultad. Extrapolarlo a la vida real se antoja casi inverosímil, pero es una forma diferente de darle al coco. Con los juegos en red, puedes conocer a gente de cualquier parte del mundo y hacer amigos. Es un divertimento puro, solo en casa, con unas cervezas hablando de ello con los amigos, o con esos mismos colegas reunidos pasando una buena tarde con la consola.

Tengo que poner remedio a mi inutilidad con los videojuegos. Por saber más de ellos, por divertirme, pasarlo bien. Pero creo que será imposible. Me siguen resultando muy difíciles y, teniendo en cuenta mi mínima paciencia, el asunto está complicado. Esto sólo era una reflexión sobre este amplísimo universo, mi relación con ellos incluida. Conocer los videojuegos y disfrutarlos también es cultura, menor, pero que nunca pude ser malo abrirse a ellos.

jueves, 12 de agosto de 2010

Películas Sobrevaloradas: Réquiem por un Sueño (IV)


Título: Réquiem por un Sueño
Título Original: Requiem for a dream
Director: Darren Aronofsky
Guión: Darren Aronofsky y Hubert Selby Jr (Novela del segundo)
Música: Clint Mansell
Fotografía: Matthew Libatique
Reparto: Jared Letto, Jennifer Connelly, Ellen Burstyn, Marlon Wayans, Christopher McDonald, Janet Sarno, Louise Lasser
Año: 2000 Duración: 100 mins Color
SINOPSIS: Harry, su novia Marion y su amigo Tyrone son adictos a las drogas y quieren ganar dinero vendiéndolas para tgener una vida mejor. Por su parte la madre de Harry está enganchada a un programa de televisión y empieza a tomar pastillas para adelgazar para acudir a él.





Hacía ya ocho meses que no teníamos una nueva edición de las amadísimas Películas Sobrevaloradas. Hay una en el tintero pero que, fue muy decepcionante y las esperanzas puestas en ellas se vinieron abajo. Con este título, se puede volver a despotricar tan a gusto, la venganza por tragarte semejante mierda es irresistible y la escribo con pasión. Por eso adoro esta sección, porque rajar sobre una peli es lo puto mejor.

UN EJERCICIO DE MODERNEZ PRETENCIOSA

Réquiem por un Sueño es uno de esos films encumbrados porque trata un tema tan duro y controvertido como son las drogas, con vanas intenciones de golpear al espectador para deprimirle un poquito, tocarle la conciencia, que reflexione y, de paso, si puede soltar una lagrimita, mejor que mejor. Una gafapastada de tomo y lomo.

La intención del film es contar lo malas malitas que son las drogas y cualquier tipo de adicción. Para ello, Daronofsky traza dos historias paralelas, la de la madre y el hijo. En la primera de ellas, una venerable anciana empieza a tomar pastillas para adelgazar y se vuelve adicta. Como trasfondo, hay una pequeña crítica a los medios de comunicación, a su gran capacidad de alienar a las personas. Pues bien, el relato resulta vacuo. Para conseguir que sea creíble, utilizan a un personaje muy influenciable por la caja tonta, esto es, una pobre viejecita. Nadie con dos dedos de frente se puede creer que la televisión tenga un potencial tan grande como para autodestruir a una persona. Te puede atontar, quedarte enganchado a ella y olvidarte de todo lo demás, e incluso convertirte en un ignorante. Pero en esta película se exagera a la máxima potencia. Una persona no se convierte esclava de un programa de adelgazamiento ni de coña. Eso no es real ni por asomo. La credibilidad es nula.

La otra historia es sobre tres jóvenes que quieren dejar su pobre existencia atrás y tener una vida mejor. Para ello, se dedican a vender (y a meterse) drogas y, con los ahorros, pretenden montar un negocio. Y todo se les tuerce, como no podía ser más previsible, claro está. Para entendernos mejor, querido lector, esta historia va del típico trío de ilusos pringaos que se cree que la vida es de color de rosa y que en breve todo volverá a ser chupi-guay y divino de la muerte. La carga dramática es inexistente, todo lo que les pasa es por gilipollas y por pardillos. No dan ni la más mínima lástima.


¡Pero qué buena estás, cordera!


Una vez resumido de que va el rollo pimpollo, toca hablar del director, el señor Aronofsky. Bien, lo primero es darle un consejo: dedícate a los dramas sencillos como hiciste con El Luchador años después de este truño, porque este rollo no es lo tuyo. Ser tan gafapasta no es bueno para la salud. fLa película es un coñazo de principio a fin. Uno no sabe si lo que pretendía este director es contar un drama crudo y que haga mella en el espectador o simplemente contar un viaje de drogas. En cualquier caso, lo que es evidente es que sus intenciones eran contar historias por estas dos vías o bien un poco de todo. Y falla estrepitosamente en ello, claro.

Para empezar, de buen drama tiene más bien poco. El principal arma que posee este género cinematográfico es la de crear empatía en el espectador a través de los personajes. ¿Cómo se crea esa empatía cuando sólo hay cinco minutos de diálogos seguidos en toda la cinta y el resto es una sucesión de imágenes sin sentido? O eres el puto Tamariz y haces magia o nada de nada. Las interpretaciones del cuarteto no llegan a calar en el espectador, excepto Ellen Burstyn que se mete más en el papel y su actuación es buena, pero no causa emoción alguna. No hay trama por ningún sitio, sólo imágenes, planos, planos y más planos. Aburrimiento y tedio absolutos.

Y, como viaje de drogas después de haber visto la magnífica Miedo y Asco en las Vegas, donde Terry Gilliam se enfrentó a la más que difícil tarea de llevar a la pantalla la novela de Hunter S. Thompson, pues da risa. El montaje es penoso. Intenta marear al espectador (cosa que no consigue) abusando de los planos recursos a toda pastilla. Además, utiliza distintos ángulos de cámara para dárselas de guay. Incluso hay quién la tilda de realista por el montaje. No se puede ser más efectista y cutre. Muy artificial. En resumidas cuentas, un videoclip de hora y media. Mira cómo molo y cómo uso la cámara rápida. Soy el maestro, estoy intentando meterte un tripi, querido espectador, a través de mis impactantes y novedosas imágenes. Nada que no se haya visto en la MTV. Repetición de las mismas escenas para rellenar metraje. Cámara rápida que no sirve para emparanoiar a nadie.


Estoy tan demacrada que no puedoooorrrlllll


Y queda la traca final. El desarrollo de la historia. Más de una hora de film lenta, aburrida, donde todo pasa con el freno de mano porque, por mucho que uno utilice la velocidad a la hora de suceder a los planos y le de al forward para que todo vaya a velocidad de vértigo cada cinco minutos, eso no implica que el ritmo narrativo sea ágil. Después, intenta realizar la paranoia final metiendo sueños y alucinaciones, lo acelera todo (salvo la exhausta cámara que ya no puede ir más deprisa) pum pum pum y llegamos al final. Para aturdir. Para dar mal rollito. Para dejar K.O. Lo que deja es alivio, alegría por ver los títulos de crédito ante la tomadura de pelo que supone este Réquiem por un Sueño. El final del film es como el de esa novela mala más lenta que el caballo del malo y que luego al escritor le entra la prisa porque los de la editorial le están apretando las tuercas para que entregue de una puta vez y lo cuenta todo deprisa y corriendo.

Hay algo positivo en el film (¡increíble pero cierto) y es la excelente B.S.O de Clint Mansell. La melodía principal es preciosa a la par que desasosegante. Una tonadilla que se ha hecho famosa y es conocida por el gran público. Uno de esos temas que tiene más carga dramática que todo el conjunto de la película, como sucede en otras obras como la infumable Cinema Paradiso. Una lástima que el dramatismo musical no sea el equivalente perfecto al drama del montaje, como hicieron otros grandes binomios de la historia del cine entre director y director de B.S.O, las parejas perfectas: Leone y Morricone o Hitchcock y Hermann.


¡Qué guay somos vamos por la calle con la tele de mami!


Réquiem por un Sueño es una bazofia absoluta que pretende ser drama y viaje de drogas y se queda en nada. Un videoclip de hora y media con tonos almibarados, irreal, artificial y efectista a más no poder.

Media en IMDB: 8,5 (181.947 votos)
Media en Filmaffinity: 7,9 (53.695 votos)
Media en Cinetrivia: 7,46 (26 votos)

lunes, 2 de agosto de 2010

El bastardo cumple un año. 365 días dando cera.

Como suele suceder en los aniversarios, uno hace un balance general sobre lo que ha dado de sí el pasado. Y para conmemorar el añito del blog, es el turno de hacer un lamentable post de autobombo, con un repaso general sobre lo que ha sido el primer año de Un Jodido Bastardo.

La idea inicial que tenía era la de hacer un blog con contenidos generales. Muchos post que tenía pensados escribir incluso antes de decidirme definitivamente a dar vida a la página se han quedado en el tintero. La cosa empezó en una división entre deportes y cine. El fútbol fue ganando terreno al séptimo arte hasta incluso monopolizar el blog. Incluso con cambios de estilo en las crónicas. Muchos amigos me han dicho que hablo demasiado de futbol y eso les cansa. Razón no les falta, pero es de lo que mejor sé hablar. Incluso reclamaban más artículos sobre música. Y tienen razón, pero hay un problema. Todo el que me conoce sabe que amo la música y que mi pasión pura y dura es el heavy metal. Que berreo cualquier canción en un garito emocionado. No es que tenga unos conocimientos impresionantes sobre el tema (comparado con algunos "monstruos" que conozco, no tengo ni idea) pero puedo hablar sobre ella. El problema es que se me da muy mal escribir sobre música. Al ver los resultados de los dos artículos sobre discos, tengo la sensación de que son idénticos. No sé describir las sensaciones que me provoca la música. Todo son loas sobre cada tema del disco. Puede que, si hablo de discos irregulares o directamente lamentables salgan mejores artículos. Habrá segunda parte del disco del año, por supuesto. Pero no sé si hacer crónicas de conciertos. Se me dan también mal. No hice la de BB King, por ejemplo. Tengo que poner remedio a mi mala escritura musical.

Toca hablar sobre lo cambios en el blog. El primero que habréis notado ha sido la eliminación del contador de visitas. Simplemente era una mierda. No sólo contaba las visitas que yo hacía a mi propia página- básicamente eran para ver cómo ha quedado publicado el artículo- sino que, cada vez que pinchabas en los comentarios, se sumaba otra visita. El contador no era un fiel reflejo de las visitas reales a mi página, ya que un tercio eran mías y fácilmente otro tercio se producían para ver los comentarios.

Otro cambio: se terminaron las crónicas de fútbol. En varias ocasiones, eran crónicas del sábado y escribía el domingo, por la sencilla razón de que prefiero irme de fiesta antes que estar tecleando. O incluso pasaba de hacerlas por vagancia. Porque ni por asomo sólo he visto los partidos de fútbol aquí analizados. Simplemente, había días que no tenía ni fuerzas ni ganas de escribir. Y, al leerlas, muchas me resultaban aburridas. Sobre todo antes de cambiar de estilo, tanto rollo en plan: "en el minuto tal, fulano disparó desde la frontal y el balón se fue rozando el poste" y así todo el rato, es aburrido. Habrá alguna crónica cuando tenga la imperiosa necesidad de escribirla. Pero lo que tomará más fuerza será la sección reflexiones futboleras, una opinión personal sobre lo que esté aconteciendo en el mundo del fútbol.

El último cambio importante que quería comentar es lo de la negrita. Fuera negrita. Al principio lo hacía porque había visto en muchas publicaciones que ponían un nombre propio o las cifras en negrita. Pero sin darme cuenta, en esas publicaciones se hacía una vez. Pues yo no. Cada vez que mencionaba un nombre propio lo remarcaba, aunque lo escribiera cincuenta veces. Es algo que no tiene mucho sentido, la verdad. Además, es un auténtico coñazo poner en negrita cada nombre al terminar el artículo cuando lo estás repasando. Sólo un último vistazo para corregir fallos ortográficos y ya está. Desde este momento, la negrita está finiquitada.

Por último, hablar de mi manía abriendo secciones. Puede que demasiadas y varias de ellas con un sólo artículo. Pero esas secciones me dan la posibilidad de ordenar artículos y buscarlos de manera más fácil. Reagrupar, que se diría. En cine hay varias y muy útiles, la verdad es una manía la de abrir secciones que me gusta bastante. Además, la frase "inauguramos esta sección" es ya un clásico del blog.

Por último, dar las gracias a los que me habéis leído y aguantado ciertas chapas. A veces me enciendo demasiado, otras aburro y muchas veces intento transmitir el entusiasmo sobre cualquier cosa. No sé si consigo transmitir mis sensaciones en los escritos, pero realmente es lo que intento siempre. Este blog es mío, por tanto subjetivo e intento hacer llegar esa subjetividad a todos, mi manera de ver las cosas. Aunque he intentado ser objetivo en las crónicas de fútbol, pero no sé si lo he logrado. Gracias por aguantarme y, otra cosa para llenar mi ego: ¡Escribid más comentarios!. Tenía que decirlo.

miércoles, 28 de julio de 2010

El daño que ha hecho Raúl al mundo del fútbol

Raúl en su despedida


Antes de que se me abalance cualquier raulista y me empiece a llamar de todo, hay que aclarar el título. Porque sí, aunque no lo parezca, Raúl ha hecho mucho daño al fútbol e incluso al deporte general. Y no tiene nada que ver con sus actuaciones deportivas o con su vida fuera de los campos. O porque haya enfrentado a la prensa en dos grupos irreconciliables. O por envidia por sus grandes números. O porque yo sea un culé de mierda que quiere saldar cuentas. Se marcha del Real Madrid y esto ha dado mucho de qué hablar. Homenajes, recordatorio de su carrera, eterno debate sobre lo que ha aportado a este deporte etc. Como eso ya lo ha hecho todo el mundo, yo voy un paso más allá y voy a pormenorizar el por qué de este título.

Su daño ha sido enorme y, por lo visto en los últimos años y viendo lo que viene después, irreparable. Y no por su culpa. Porque es un sosainas. Raúl es un hombre que no tiene precisamente un gran don de la palabra. Esa forma de hablar, tan pausadita, sin vocear, casi susurrando es un auténtico muermo a la hora de escucharle en cualquier rueda de prensa. Un hombre políticamente correcto en sus formas, que no se sale del tiesto. Cierto es que este último aspecto es un clásico en los futbolistas, pero si le añadimos el escaso salero, esas pausas a la hora de hablar, escuchar a Raúl se convierte en un coñazo. Su guiñol era un fiel reflejo de su poca gracia. El sí bueno ¿no? es ya todo un clásico a la hora de imitar al madrileño.

El 7 es el prototipo del deportista con nula oratoria. Su antecesor fue otro madridista, Butragueño, que también era soso a más no poder. Pero, en aquella época, llena de Hierros, Stoichkovs, Schusters y gente que daba un montón de titulares, el Buitre era prácticamente la excepción. Con la llegada de Raúl al mundo del fútbol en 1994, poco a poco se desató la moda del futbolista que resulta infumable mientras habla. Creo que el madridista (lo de ex me parece un insulto, porque el será merengue hasta la muerte) es el prototipo perfecto, el hombre que impulsó la moda de hablar diciendo poco y siendo soporífero. El precursor de la moda. Pasemos lista por otros futbolistas por el estilo (que los hay a patadas).


Si es que tiene hasta cara de soso el hombre...


Valerón. El problema de este hombre no es su poca gracia, es que esa vocecita de niño bueno, si se le añade el acento dulzón canario, no está hecho precisamente para dar discursos. Guti, con su acento pijales que repele a más no poder. Cañizares nunca ha sido otro hombre con estilo hablando, aunque intente mitigarlo por televisión. Silva, otro canario pero no con una voz tan aguda como Valerón. Vaya, parece que a los canarios les ha caído la china, pero yo no tengo la culpa de que la combinación soseras-canaria sea insulsa. Torres es otro claro ejemplo de monotonía. Y los cracks argentinos. Porque escuchar Agüero cansa mucho y no digamos a Messi, otro hombre con esa vocecita incapaz de llegar a la verborrea de Eto'o. Y luego tenemos el caso aparte, que es Iniesta. Si ya tiene ese tono de voz, encima el hombre es muy tímido. Un crack (como todos los que he nombrado) pero que fuera es alguien anodino, debido a su escasez de labia. Poca chispa. Hay otros doscientos mil ejemplos, estos son sólo algunos.

Fuera del fútbol, hay tres claros exponentes de ases del deporte pero que no lo son a la hora de ser entrevistados. El primero es Rafa Nadal. Y mira que lo intenta, que se quiere quitar la timidez de encima, pero no puede. Demasiada pausa. O por ejemplo, el reciente ganador del Tour, Contador, que de palique tampoco anda muy fino. Pero el que les supera es Dani Pedrosa. Es como Iniesta. Mira que los dos parecen buenos chavales, que es muy difícil que se salgan del guión, pero en una carrera por ver quién es más soso de los dos, creo que sería imposible decantarse por uno. Pedrosa es otro que habla con ese deje cansino, como de profesor que da la brasa habla bajito y sigue a lo suyo.

Esto no es más que un muestrario de la moda que se ha impuesto en el mundo del deporte. Una tónica general no ya llena de tópicos, sino de cansinez cuando hay que darle a la lengua. Y Raúl ha sido el estandarte de ello. Un hombre que es un icono, que una generación se ha mirado en su espejo y le imitan en todo. Hay que imitar lo bueno de los mejores, pero no lo malo. ¡Basta ya de imitadores de Raúl, por favor! Tanta poca sustancia hablando es muy pesada.

Espero que este artículo se tome como es, un artículo jocoso, de chanza y viva la pepa. Con algo de ironía y un poco de mala baba. Porque no se les pide a estos deportistas que sean unos genios hablando, para eso que se hagan políticos. Ni son mala gente por tener esa forma de hablar. No es su culpa, son naturales y se expresan como buenamente pueden. Pero la despedida de Raúl, continuador de la forma de expresión de Butragueño e iniciador del prototipo de deportista parco en palabras, era la ocasión inmejorable de hablar de todo este colectivo. El impacto de la insulsez ha sido enorme, como el Crack del '29. Ojalá esta moda cambie, un poquito más de chicha siempre nos ha gustado más a todos.